¿Cuánto pagarías por un bote de mermelada de fresa?

Acabo de ver una peli distópica, de estas que nos muestran los límites de la sociedad humana. En resumen; la mayoría de la gente, pobre, sólo puede comer el producto ultraprocesado que vende el Estado, mientras los pocos ricos tienen acceso a cualquier producto básico como los tomates o la mermelada. En una escena se menciona que un bote de mermelada de fresa cuesta 150 dólares. Y yo, que soy un poco adicta a comerme la mermelada a cucharadas, me he levantado del sofá para deleitarme con mi bote de 1.50 euros.

Puede parecer y de hecho lo parece, que pagar 150 euros por un bote de mermelada es tirar el dinero. Pero el precio de las cosas no es ni lo que cuestan ni lo que valen, porque ¿cuánto valen las cosas? Es lo que las personas estamos dispuestas a pagar en función de diferentes factores como la utilidad o la ley de oferta y demanda. ¿Cuánto pagarías por una botella de agua en el desierto? ¿Cuánto pagarías por un pan de trigo si eres celíaco?¿Cuánto pagarías por una manta si tuvieras que dormir al raso a 5º? ¿O por esa misma manta en un pueblo de Extremadura en pleno mes de julio? Ejemplos hay tantos como queramos pensar. Lo que determina el precio de las cosas no es algo estático y hay muchas teorías al respecto. Os aconsejo este video para saber más sobre la teoría de la utilidad:

La satisfacción que nos proporciona un producto o servicio es fundamental para que determinemos cuánto estaríamos dispuestos a pagar por algo. Pero no sólo. Una situación surrealista como la pandemia, ha cambiado la forma en la que valoramos la satisfacción y el consumo. ¿Para qué comprarme una bici nueva durante los meses de confinamiento? Ni qué decir, de un coche. ¿Pero cuánto hubiésemos pagado por un baño en el mar, un abrazo de alguien a quien echabas de menos o por una ventana con orientación sur?

El contexto en el que se producen las decisiones de compra es un factor clave a tener en cuenta a la hora de establecer y aceptar precios. ¿Cuánto pagaría una bodega vinícola a un experto en Big Data para la vendimia? ¿Y a un ingeniero agrónomo experto en fermentación del vino? Pero si la empresa invierte en un software para predecir la calidad de la uva y del futuro vino, su posición de prestigio y el precio final de las botellas, pero nadie en la organización sabe usarlo, ¿cuánto le pagarían al mismo experto en Big Data en estas otras circunstancias? 

También la capacidad de compra mía y de otros influye en el precio a pagar por algo. En la película, un bote de mermelada cuesta 150 dólares porque no hay alimentos en el mercado. De hecho no hay mercado legal de alimentos y sólo tienen acceso a ellos unos cuantos ricos que los pueden pagar. El resto de la sociedad ni siquiera sabe qué es el sabor a fresa. La satisfacción de un bote de mermelada para un rico/poderoso perverso, no es sólo el sabor sino el saber que lo que está comiendo, que no es más que fresas y azúcar, es un bien escaso que casi nadie, salvo otros como él, pueden permitirse pagar y saborear.

Conocemos un mundo (quien escribe y quien va a leer estas letras) en el que la palabra escasez nunca ha aplicado, hasta ahora, a necesidades esenciales, y donde desayunar una tostada con mermelada o comerla a cucharadas, forma parte de una rutina incuestionable. No es un lujo, ni proporciona una satisfacción especial, por lo cotidiano del hecho. En la película hay dos personajes principales, uno es mayor y conoce el sabor de los alimentos y la textura, porque cuando era niño había comida y se comía con cubiertos. Pero a lo largo de su vida eso desaparece. El otro personaje, que es más joven, no conoce esa sensación del placer de comer, ni sabores, ni texturas, ni sabe cómo comer con un tenedor. ¿Qué utilidad le proporciona comer algo que no sea la barrita verde ultraprocesada ? Es algo completamente desconocido que por eso tampoco añora ni le encuentra utilidad o valor, hasta que lo descubre.

El cambio de era que estamos viviendo está trasladando la forma en que ponderamos nuestras prioridades y la utilidad de las cosas. Os pondré un ejemplo personal. Siempre he salido al campo, me crié en un pueblo. Pero fue el confinamiento el que me hizo cambiar la forma en la que ahora disfruto de la naturaleza. Igual me ocurre con la ropa en el armario. Hay muchas cosas que no me he vuelto a poner. Porque salgo menos y porque no trabajo en oficina a diario. Quizá nosotros no somos muy conscientes de este cambio porque somos como el señor mayor de la película, pero si esta situación distópica se alarga durante años, los futuros niños, de adultos, ni siquiera añorarán cosas que para nosotros formaban parte de nuestra vida cotidiana. Vamos por la segunda Navidad distópica y tal vez por salvar a los que ahora están, lo que estamos haciendo es agravar el efecto surrealista de esta pandemia y del futuro de los nuestros. Los cambios en la forma de vida no se dan de un día para otro, se cocinan despacio, se toman a sorbos y la indigestión llega cuando ya es demasiado tarde para remediar el empacho.

Porque dar un abrazo, sonreír y compartir mesa, no pueden ser un pecado mortal. Ni tampoco tomar un poco de mermelada, salvo que seas diabético… La película, por cierto, es de 1973 y la historia sucede en 2022.

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