La vida sin pestañear

Sobre los niños y la pandemia

Salgo de mi casa un sábado a las 19 horas en un barrio residencial de familias jóvenes de la periferia norte de Madrid. Mucha gente con mascarilla en la calle. Llego al Cercanías, donde el perfil de familia cambia a gente mayor, casi todo el mundo con mascarilla. Aunque según me acerco, veo personas de todo tipo que salen del Cercanías y se dejan la mascarilla puesta. Otros se la quitan.

Salgo del tren en la Puerta del Sol a las 19:55 horas, donde el perfil de gente es completamente distinto. Muchos extranjeros y gente que como yo, ha quedado para tomar algo y olvidarse de la rara normalidad por un rato. Casi nadie lleva mascarilla en la calle y nadie la lleva dentro de los locales. Estoy con mis amigos, cambiamos de bar. En otro sitio me pongo a hablar con tres desconocidos a medio metro de distancia. No parece que se asusten porque una extraña les haya interrumpido su conversación sobre el Rey Emérito. Resulta que de los tres, sólo uno está vacunado para el COVID19 ¿pero la estadística no era el 90%? En una muestra de cuatro personas, acaba de bajar la estadística al 25%, ya es casualidad… ¿tengo un imán para los “negacionistas”? (Os juro que me entra la risa mientras lo escribo) ¿O es que hay más de los que dicen y por eso nos quieren censurar?

Bien, como decía, hablo con mis nuevos amigos,  cambio de bar con mis amigos previos, nos juntamos con no sé quién más que alguien conoce, pero eso no supone que nos contagiemos. Estamos en noviembre de 2021 y todavía no se ha dado el caso de que alguien me diga que estuvo conmigo el sábado y el lunes ha dado positivo en una prueba. Quiero decir, por tanto, que el virus que provoca el COVID19, no es tan, tan contagioso. No me baso en ciencia de laboratorio, me baso en ciencia empírica, que es la ciencia que sirve de medidor de la realidad respecto a lo que dice la masa. A veces se da la circunstancia de que hay un brote en un círculo, sí, pero ni la mascarilla lo evita, ni tiene porqué ocurrir siempre. Porque de ser así yo debía estar contagiada diez veces ya, y de momento no lo he estado ninguna, (ni la gente con la que he estado).  

Respeto la actitud de las personas que viven con miedo. Pero lo respeto de la misma forma que yo exijo respeto para mí, y para cada persona. Especialmente para los niños. Me cuesta entender que haya padres que prefieran que sus hijos hagan deporte con mascarilla por el miedo de contagiarse de un virus cuya letalidad es ínfima en sus circunstancias. Porque no hay distancia, lo sé.  ¿Y qué más da? Si están al aire libre, o en pabellones de techos de 15 metros de altura, son niños y es más importante que respiren oxígeno y no su dióxido de carbono viciado. Prefiero no imaginarme a los niños dando vueltas corriendo alrededor del colegio con mascarilla, porque me entra una mezcla entre frustración y rabia.

Así que, digámoslo claro, aunque en los colegios de la Comunidad de Madrid no es obligatoria la mascarilla en exteriores, la realidad es que los niños la siguen usando incluso a la hora de hacer deporte. Y parece que para entrar en la senda del “queda-bien” y el “buenismo”, hay que callarse. ¡Pues no me da la gana callarme! ¡Bastante callados estamos ante tanta estulticia! ¡De callarnos está el mundo como está! Y de argumentos del tipo “ya sabemos lo que pasa en el mundo pero no podemos hacer nada” se alimenta la bestia. Y lo escucho tantas veces que me asusto. Me asusto más de esa mentalidad que de la bestia. Porque la bestia no sería nada sin tanta pasividad y miedo que la dan de comer. Pero es llamativo que esa mentalidad vale sólo para las restricciones a la libertad con la excusa del COVID19.

La pérdida de derechos es un retroceso social, se mire por donde se mire,  y es motivo suficiente para protestar. Yo creía que el derecho era algo estricto que se aplicaba bajo cualquier circunstancia y que de ahí nacía su propia naturaleza. Pero pocos lo vemos así, parece ser. Ay no, que uno de mis nuevos amigos “negacionistas”, de esos que conocí en un bar a medio metro, me dice que el derecho está sujeto a la libre interpretación. Pues vaya. Entonces estamos perdidos…

Me llama la atención que las asociaciones de padres y madres no se levanten ante las autoridades educativas para que los alumnos puedan estar en clase con unas condiciones suficientes de confort. Porque estar con las ventanas abiertas con 5 o 10 grados en la calle no es el confort de un mundo civilizado. Hace unos días me comentaba una madre que en el colegio de su hija (11 años) no sólo están con ventanas abiertas, sino que tiene que haber corriente para que circule el aire. ¿Para qué esa doble medida de mascarilla y ventilación? A mi entender, como persona que decide vivir, no haría falta ninguna medida porque si te has de contagiar, respirarás el virus como respiras el humo de un camión cuando llevas la mascarilla puesta… Pero desde luego ¿ambas medidas? ¿ventanas abiertas y mascarilla? ¿Por qué se está aguantando todo esto? ¿De verdad la gente lo ve normal? Sí, ya sé que mucha gente lo ve normal. Pero quiero leeros en comentarios por favor, a ver si consigo entrar en vuestra cabeza.

Decía que me sorprende que los AMPA no hagan nada, pero en realidad sí sé por qué no hacen nada. Y no lo hacen porque algunos padres están de acuerdo con estas medidas aptas para hipocondriacos. ¿Hasta qué punto el miedo de unos tiene prevalencia sobre la calidad del aire que respiran otros y su derecho a crecer en entornos salubres, cómodos y libres?

La mascarilla es mucho más que un trozo de tela. La mascarilla es el símbolo de enMASCARArse, de camuflarse, no ver sonrisas, naturalidad, vida. Símbolo del miedo, del sometimiento y causa de no entender bien lo que se dice (nota importante en colegios bilingües) y de crecer en un entorno asustadizo y de juzgar al que no sigue la corriente. Esto último lo he vivido en primera persona con una persona menor de edad. No daré más detalles.

Precisamente es el miedo a ser juzgados y a encaminarse a una única forma de pensar, es lo que a mí me da tanto miedo, más que el bichito, sin duda. Como decía ayer alguien en Twitter, y no puedo estar más de acuerdo, “la mascarilla refleja lo mismo que taparle los ojos a un burro para que sólo vea el camino que tiene delante y no vea posibles bifurcaciones”.

Y es que aún hay padres que siguen alegando que hay niños en la UCI por el COVID. ¿Cuántos? ¿Y por qué? ¿Cuál es el contexto de esos posibles casos de niños en UCI por COVID? Por ejemplo, desgraciadamente los niños con leucemia se mueren de neumonía. Pero esto no es nuevo. Desgraciadamente también, hay otras patologías que hacen a algunos niños vulnerables. Pero esto ocurría antes con otras enfermedades víricas. ¿Y estar con las ventanas abiertas en pleno invierno no les aumenta la vulnerabilidad de alguien con un sistema inmune debilitado? Por no hablar de los efectos mentales. ¿Acaso no tiene que ver con todo esto que el año pasado se hayan cumplido récords de suicidio? ¿Cuántos casos hay de problemas mentales que no hayan llegado al punto extremo y por eso no se contabilizan como tal?

En el caso extremo, el de los suicidios, os diré que en 2020 hubo un 45% más de fallecidos entre 0 y 49 años por esta causa que por COVID19. Para ser exactos os daré cifras: 664 personas con COVID19 (no de COVID, según informa el INE) en ese rango de edad y 1.479 por suicidio. ¿De verdad tenemos tanto miedo al COVID cuando hay otras causas de muerte mucho más preocupantes especialmente en la gente joven? Además, como informa el Observatorio del suicidio en su informe anual, en España no existe ningún plan de prevención, como sí existe para otras lacras como la violencia de género o los accidentes de tráfico.

Pero volvamos al tema de los pequeños y medianos. Después del colegio, los niños se van al parque o juegan con los hijos de los amigos de sus padres el fin de semana en una casa rural. Sin mascarilla. Y van al cumpleaños. Y entonces adiós al grupo burbuja porque al cumpleaños va el amigo, el vecino y los dos primos. Cada uno de un colegio. Y se juntan. Y se ríen. Y juegan. Y para ellos todo es normal. Y por un momento vuelven a ser niños. ¡Viva! Y los padres vuelven a ser padres. ¡Wow! Vamos por el segundo gin tonic que los niños están entretenidos.

¿Y qué me contáis de los que antes eran hiperaprensivos que se han contagiado y una vez contagiados ya pasan de todo y les dan igual los demás? Estos son mis favoritos. Luego los egoístas somos los no vacunados. Seremos egoístas, pero al menos coherentes. Además, ¿cómo un hiperaprensivo se contagia si sigue todas las medias a rajatabla? ¿Quizá las medidas sirvan de poco? ¿O quizá sólo sigan las medidas para parecer el ciudadano ideal? Porque oiga, que me contagie yo que cumplo las medidas sólo por respeto a otras personas o por obligación, vale. Pero que se contagie alguien que sigue las medidas porque tiene un miedo atroz a contagiarse, pues… se me enciende la bombilla de que algo no cuadra. Mi recomendación empírica, ya he dicho que a mí me sirve de mucho, es que tomen más vitamina C de la que recomienda la OMS y se dejen de tanto miedo.

Lo que se está haciendo con los niños y adolescentes desde el inicio de la pandemia debería acabar en algún juzgado internacional. Especialmente en España y en Italia, donde durante dos meses ni siquiera se les dejaba salir a dar un paseo, a montar en bici o a jugar con su triciclo. Desde mi punto de vista, los niños y adolescentes son los verdaderos héroes de toda esta historia. ¿Os imagináis con 14 años y las hormonas a flor de piel tener que estar dos meses ENCERRADOS? Alguno me dirá que, al menos, tenían medios para comunicarse. Y entonces yo responderé ¿cuándo vamos a enterarnos de que la tecnología no puede ni debe sustituir el valor de los seres humanos?

He pensado mucho sobre esto durante la pandemia, cada cosa no vivida a su determinado tiempo, es algo que la vida no retorna. Y sí, sé que lo que no se retorna es una vida perdida, pero vivir a medias o vivir con miedo, es una vida con la luz apagada. E insisto, no creo que estemos hablando de un asunto de tan extrema letalidad como para apagar la luz.

Yo no tengo hijos. Pero los niños de hoy crearán la sociedad en la que yo viviré en el futuro. Por eso es un tema que me importa. Quiero un mundo que cree niños valientes, con criterio, que pregunten, que rechacen lo que no les cuadre (como a mí no me cuadran tantas cosas en este asunto más político que sanitario), que sepan vivir sin miedo y se enfrenten a las situaciones difíciles, como se dice en España, “agarrando el toro por los cuernos”.

Sin embargo, la sociedad mundial está (estamos) enseñándoles a no cuestionar nada para no ser cuestionados, a taparse la boca, a aprender a entenderse con una mirada y a avergonzarse por no seguir la corriente. Eso ha pasado siempre, sí. Pero eso es una enfermedad grave de la sociedad que estamos haciendo crecer. “Si lo dicen los que mandan por algo será”, escucho.  Y si por algo es, que lo expliquen de forma transparente. Porque la transparencia es un concepto que tenemos que empezar a ver como un derecho. Los niños tienen que empezar a verlo así. Es la forma de ser responsables bajo el paraguas de la libertad. Transparencia, la verdad por delante, con tu amigo, con tu amiga. Con Hacienda o con el equipo que lideras en tu trabajo. Transparencia.

El problema que deriva de la transparencia, es que es el enemigo de lo que representan las mascarillas. Desenmascara la verdad. Y la verdad a veces no gusta que se vea. Porque entonces, si históricamente hubiésemos sabido la verdad, hubiesen cambiado las tendencias, opiniones y decisiones en todos los ámbitos.

Si tuviéramos verdadera transparencia en la política, en las empresas, en nuestra historia familiar, en nuestras parejas o amigos, cambiaría el rumbo de nuestras decisiones y la actitud frente a muchas situaciones. Por eso, aunque a mí la transparencia me parece junto a la integridad, el valor a inculcar en el futuro de los buenos líderes, sé que no lo enseñarán en las mejores instituciones de adoctrinamiento.

Una vez, hablando este tema con alguien con mucha responsabilidad en su trabajo, me dijo que en general la gente no estaba preparada para saber la verdad de la mayoría de las cosas. Y es que así es como los líderes ven a la base de la pirámide. Nos ven como a niños a los que proteger, a su conveniencia, claro.

Y cuando soy consciente de todo esto, me encanta acordarme del porqué del nombre de este blog: Miss Controversias. Como ocurría en el dilema del prisionero, si nos callamos, perdemos todos.

No quiero alargarme más, este post es sólo para alabar a los niños y adolescentes y darles las gracias. Ojalá miren la vida a ambos lados, de frente y sin pestañear, a pesar de estar aprendiendo a vivir enMASCARAdos.

Un comentario sobre “La vida sin pestañear”

  1. Muy buen artículo. Realmente esta sociedad que se está construyendo, estamos construyendo o nos construyen, da mucho que pensar y que replantearse.

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