Premisas de libertad

Somos completamente libres en ese instante en que salimos del útero de nuestra madre. Sin ropa que nos oprima, sin nadie que nos mande callar y con toda la inconsciencia pura y fértil. Esa libertad absoluta dura tan solo unos segundos. A partir de ese momento no nos queda más que luchar contra los preceptos sociales y trabajar nuestra consciencia si es que queremos ser un poco libres. Porque ser libre es duro. Ser libre es de valientes. Y ser completamente libre es imposible en un mundo social y conectado.

Antes de coger el camino a la libertad o pseudolibertad, debes armarte con un escudo, a ser posible untado en aceite. Con él tendrás que defenderte de lanzas, sogas, anclas y demás objetos fijadores o punzantes que te puedas imaginar. Si escoges ir por este camino, tendrás que superar obstáculos y barreras impuestas a veces por otros seres humanos y a veces por los caprichos del destino. La mayoría de nosotros nos creemos libres, sin pensar en las grandes barreras que tenemos puestas en el camino a la libertad desde segundos después de inspirar por primera vez. Desde que nos ponen esa pulserita en el pie y a medida que vamos creciendo, nuestra libertad se va encontrando con muchas barreras invisibles como el lugar donde naces. A lo largo de la vida surgen otras barreras ocultas en nuestra cultura y forma de vida. ¿Cómo las actuaciones y opiniones de los demás determinan nuestro comportamiento? Aunque no lo veamos o no queramos verlo porque nos creamos muy valientes e independientes, nos convierten en prisioneros involuntarios. Nuestra libertad también está en manos de la suerte y del destino. Un capricho del destino como una enfermedad o un golpe de suerte como que te toque un piso de alquiler social, marcarán, por ejemplo, la decisión de independizarte. La decisión de un amigo de irse a vivir a otra ciudad o que se te rompa el coche justo el día que tienes una cita importante, son ejemplos de factores incontrolables que influyen y coartan nuestra libertad.

Pero si asumes estas variables aleatorias y decides superar todas las barreras tomando el camino a la libertad (escudo en mano) lo más difícil es el peaje que hay que pagar. El intríngulis de ser libre, es saber que cualquier decisión tiene una utilidad esperada (una consecuencia). Además, tomar una decisión supone sacrificar otra. Visto desde un punto de vista microeconómico, tomar la decisión A supone que perdamos la utilidad que nos proporcionaría tomar la decisión B, esto es el coste de oportunidad de la libertad, lo que hace que también seamos presos de nuestras propias decisiones.

Aprendí lo que era la “libertad responsable” precisamente en esa etapa, la adolescencia, donde libertad y responsabilidad parecen palabras incompatibles. Pero la libertad responsable cuando se alimenta, es un círculo virtuoso. Principio de causa y efecto: más responsable eres, más libertad ganas.

Sin embargo, cuando esto no sucede, la convivencia en sociedad se hace mucho más difícil. Y más aún desde que existen las redes sociales donde todos los días hay casos de verdaderos linchamientos en los que la libertad de expresión pasa los límites del civismo y el respeto. Este es uno de los problemas de la libertad, a veces se nos olvida que la responsabilidad tiene que ir siempre por delante. Es ahí donde acaba la responsabilidad que tiene que empezar la regulación.

“La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto” Bernard Shaw

Lo mismo le ocurre a las empresas. Sería fascinante la libertad absoluta de empresas porque esas que hacen cosas maravillosas y que son necesarias para la sociedad, nos ayudan a vivir mejor. Otras, sin embargo, sobrepasan los límites de la ética con la única orientación del lucro, oficial o extra oficial y es ahí cuando es necesario que intervenga la legislación. Si las empresas fueran gestionadas desde un punto de vista ético además de económico, tendrían la libertad suficiente para no estar subordinadas a leyes que en ocasiones perjudican su propia actividad y por lo tanto el ansiado beneficio. Es aquí cuando surge la necesidad de crear enfoques como la Responsabilidad Social Corporativa o el Compliance que obligan a las empresas a ejercer su actividad bajo unas determinadas normas de sostenibilidad y buena gestión.

Esta ética de sostenibilidad y buen hacer, deberíamos aplicarlas también los seres humanos para que esos pocos que se atreven a ser valientes y cruzar las barreras para ser libres, no tengan que ir armados con su escudo untado en aceite. De esta forma, según el círculo virtuoso de la libertad responsable, ganaremos todos; cuanto más responsables seamos, más libertad tendremos.

¿Empezamos?

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